Las misteriosas Aves del Atardecer

Autor: Doctor Clouseau

Después de viajar a lo más profundo  del Alma del Restaurante Italiano Ghetto Vecchio, mi último reportaje me ha llevado a descubrir un bonito atardecer sobre las Calas del Cabo de las Huertas. La tonalidad del cielo y unas aguas calmadas y cristalinas creaban una escena idílica que sólo había experimentado en los sorprendentes atardeceres granadinos sobre la Alhambra.

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Como viajero y explorador he visitado lugares extraños, sorprendentes, hermosos, peligrosos y todos han logrado cautivarme por algún que otro motivo. He conocido los atardeceres en el Río Ganges con su combinación de colores arcillosos y terrosos, los escarpados amaneceres del Gran Cañón del Colorado, los anocheceres  salvajes de la Sabana del Serengueti, por eso puedo afirmar que el atardecer sobre las Calas del Cabo de las Huertas cautiva al visitante de la misma forma que lo hace la más bella puesta de Sol sobre cualquier Maravilla del Mundo.

Pero vamos a empezar esta historia por el principio, sin olvidar ningún detalle. Era una fría tarde del mes de Diciembre sobre la costa del Cabo de las Huertas, me encontraba en la terraza de mi casa tomando una taza de Té junto al fuego que desprendía una pequeña chimenea exterior que había instalado. Me hallaba absorto en la tarea de recopilar toda la información de mi último viaje al Kilimanjaro en busca de los famosos Campos de Hielo de su cumbre. El té me reconfortaba el cuerpo y mis escritos sobre viajes me llenaban el alma, era la tarde perfecta. A ello se le sumaba las increíbles vistas que mis ojos contemplaban, delante de mi terraza había una exposición de pintura permanente de las calas del Cabo de las Huertas: cuadros del Impresionismo mostrando todas las tonalidades posibles de la luz del sol y de la luna sobre el mar, cuadros del expresionismo descubriendo el espíritu y los sentimientos de cada paseante y bañista de las Calas… Un placer para mis ojos.

Pero volviendo al tema, por deformación profesional me entretengo describiendo cualquier paisaje, esa tarde me hallaba sumergido en el deleite de la escritura cuando sobre mis papeles se proyectaron dos sombras enormes que provenía del cielo junto a unos estridentes graznidos de ave, no precisamente del paraíso. Cuando mis ojos se elevaron  avistaron un sorprendente y extraño espectáculo, dos pájaros de un tamaño considerable estaban descendiendo sobre una gran roca en una de las Calas del Cabo de las Huertas. Este acontecimiento no podía pasar inadvertido a mi espíritu ávido de sucesos misteriosos. Por ello, cogí mi cámara de fotos-mi eterna acompañante-, mi sombrero y mi gabardina y salí hacia la llamada de la naturaleza, o mejor dicho hacia la dirección de donde procedían los profundos graznidos de estas fabulosas aves.

Sin saber cómo había ocurrido, me encontré tumbado en silencio sobre un suelo de rocas mojadas y puntiagudas retratando con mi cámara réflex de 35 mm lo que podía ser uno de los más bellos atardeceres que había visto en mi extensa vida de viajes y aventuras.

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Un cielo de nubes anaranjadas pintado por un cálido sol menguante decoraba el horizonte y proyectaba sus colores sobre el Mediterráneo, que los recibía con la alegría del que busca un fuego donde calentarse en una fría tarde de Diciembre. Este mar chocaba de forma pacífica con las rocas de la orilla, que antaño habían pertenecido al suelo de estas aguas como lo demostraba su extrema erosión. Más que suelo terrestre parecía suelo lunar por su modelado, sus formas y sus misteriosos agujeros. Los actores de esta brillante escena, digna de un Oscar a la ambientación, iban y venían ajenos a su belleza, como si no fuera con ellos; pequeños, medianos y grandes barcos de vela proyectaban sombras en la lejanía, pescadores afilaban sus cañas antes de robarle al mar, corredores huían a toda velocidad como si fueran perseguidos para no disfrutar del bello atardecer…

Sin embargo, no todos eran ajenos al magnífico momento, las dos aves, que antes me habían parecido extrañas e incluso peligrosas, contemplaban el cielo, el mar y la tierra en este atardecer como estatuas petrificadas por la sorpresa. Estaban sintiendo la puesta del sol como yo la estaba sintiendo. Se veían majestuosas sobre la roca con sus oscuros plumajes y sus picos de un naranja atardecer. Durante más de una hora las aves no se movieron ni apartaron la vista del horizonte. No querían perderse ninguna pincelada de este cuadro.

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Cuando el sol se puso alzaron el vuelo extendiendo sus enormes alas y pasaron por encima de mi cabeza de nuevo. De forma instintiva me incorporé y les despedí con mi mano agradeciéndoles el momento que me habían ofrecido, ellas hicieron lo mismo con un potente graznido sabiendo que habían sido las protagonistas de mis fotos y de la historia que os estoy contando y que con estas palabras llega a su fin.

Posteriormente descubrí que había retratado a una pareja de Cormoranes que anidan por el Mediterráneo y que son una especie protegida. Actualmente sólo hay 38 parejas.

¿Quién es el Doctor Clouseau?

Otro reportaje del Dr. Clouseau: Descubriendo el Alma del Restaurante Ghetto Vecchio

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